La poética femenista en la obra de Lourdes Batista


Por José L. Peralta

Se sabe que la literatura es siempre la actualización de un lenguaje, de un habla, de una forma de decir y de organizar signos lingüísticos. Pero la literatura, al igual que la filosofía, es también un lugar donde la existencia adquiere un sentido, donde los entes reciben un ser particular que en ocasiones riñe con la realidad real, esto es, con el mundo normalizado en el que nosotros habitamos la cotidianidad que nos circunda. A la realidad que crea el mundo literario se le conoce comúnmente con el nombre de ficción. En los estantes de las librerías hay clasificaciones donde la ficción aparece separada de los textos históricos, y la ciencia ficción está en unos anaqueles alejados de las demás ciencias, en una clara advertencia al lector de que está lidiando con formas diametralmente opuestas de aprehender la realidad.

Sin embargo, ¿pudiera Jorge Piña hablarnos hoy con la preclaridad que le caracteriza, si antes Sigmund Freud no hubiera hecho inteligible su psicoanálisis con la vida de Edipo Rey? ¿Quién pudiera definir hoy toda la complejidad de la personalidad de Donald Trump, con la precisión exacta de una sola palabra si Narciso no hubiera existido para legarnos el concepto? Sin duda alguna, nuestras vidas le deben mucho más a la ficción de lo que cualquiera pudiera llegar a pensar.

Lourdes Batista

Cuando llegamos al umbral del mundo literario que construye Lourdes Batista, inmediatamente nos encontramos con una mujer que no cabe en los arquetipos verbalizados del mundo al que llamamos real. En mucho más de una ocasión, esta mujer literaria ha puesto a la misma autora en aprietos cuando las personas del mundo externo le preguntan por sus cualidades, y le piden que la clasifique según el repertorio lingüístico del que disponemos para agruparnos sociológicamente. En el programa Nueva York Entre Letras, Rosalía Reyes entrevista a Batista, y le hace la pregunta sobre los encuentros y desencuentros del hombre y la mujer, según el argumento del prologuista de su obra; la autora responde que es un poco feminista, pero no radical, ‘hay que estar a la par con los hombres’, añade. Toda tentativa de definir su mujer poética con un término, ha sido infructuosa para Lourdes Batista. La explicación es compleja, pero no imposible: la mujer desnuda de Lourdes Batista, ha sido forjada entre pesadillas diurnas, y es por ello que nace en la soledad de una cama.  

El feminismo sociopolítico militante ha sabido descorrer muchísimas cortinas. El ‘segundo sexo’ que se acuñara con Simone de Beauvoir, en el siglo XXI ha alcanzado ya una fase de mostrar su pecho desnudo y lanzar intimidades manchadas a la cara de los hombres, en señal de repudio y represalia radicales. La mujer de Batista es, por otro lado, más íntima y hospitalaria. Orina de pie, eso sí, pero también moja la cama de enervados deseos heterosexuales. Es una mujer que rompe cadenas, levanta antorchas, es revolucionaria, vive su vida, enarbola su existencia, es auténtica, y le gusta arriba; pero igualmente se tiende lánguida sobre la cama inspirada por algún muso, amanece con su nombre en los labios y deja tranquilamente que le sea poseída la fuente de la vida.

La mujer poética de la que hablamos, se desliza entre los intersticios de la escudriñada por Simone de Beauvoir, la soñadora representada en Madame Bovary, y la descrita a contrapelo con el hombre, por Jules Michelet, y que sirve de ante sala a la misteriosa Aura, de Carlos Fuentes. como reza el epígrafe en la novela:

«El hombre caza y lucha. La mujer intriga y sueña; es la madre de la fantasía, de los dioses. Posee la segunda visión, las alas que le permiten volar hacia el infinito del deseo y de la imaginación… Los dioses son como los hombres: nacen y mueren sobre el pecho de una mujer…»

Esta mujer madre de dioses que juega con los márgenes de los extremos, hembra híbrida que entra y sale de la feminidad tradicional y la moderna, que nace en el interior del mundo estilístico creado por las obras literarias de Lourdes, es a lo que yo llamo la poética femenista de Batista, desde donde se crea, a su vez, a la mujer fémena, primicial como el neologismo que la enuncia.

Siendo así, el femenismo literario de Lourdes Batista nace en el seno de su obra literaria, que es generadora de una poética existencial. Una apuesta literaria tiene la función de la literariedad, y que opera en el mismo sentido que el Aleph, de Jorge Luis Borges: una diminuta esfera concéntrica que aloja todo el vasto universo en un pequeñísimo dispositivo y que, a la manera del Big Bang, cuando es explotada crea una cosmología de espacios y tiempos que son formadores de vida. Una existencia nueva, por dentro de una praxis puramente humana, pero en los márgenes de las categorías sociopolíticas que limitan la imaginación creadora. La fémena de Batista es, así mismo, una poética emancipada y emancipadora. Extraída de la vida de su creadora, dotada de sentidos en el universo literario, la Fémena de Batista surge empoderada, proveyéndoles a las mujeres de la realidad real un soporte conceptual en el que puedan apoyar la trayectoria de sus vidas cotidianas.  

En el espacio literario de las obras poéticas y narrativa de Lourdes Batista, la mujer fémena se va tejiendo desde la perspectiva y con los materiales artísticos que Borges describe en su poema “El Golem”:

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.
 
Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

En la obra literaria, la omnipotencia es el escritor; en nuestro caso, la escritora. Hecha de consonantes y vocales, la fémena de Batista cifra la esencia de una mujer reivindicada, amorosa y con deseos de ser amada. Lourdes, con ‘letras y sílabas cabales’ da a la luz un nombre del que las consonantes y vocales hacen un arquetipo en el que, democráticamente, quedan representadas todas las mujeres, con sus encuentros y desencuentros con el resto de la humanidad. Si la arcilla con que el cuerpo literario de la fémena está estructurado es la palabra poética, el aliento que le da vida es el amor, la esperanza y el ensueño.

Lo vemos así, En la soledad de mi cama (2012). Allí el sentido de la fémena se va tejiendo con los hilillos del telar de la vida de su autora. Salida del mundo disciplinario de los medios de comunicación y el mercado, la poeta declara la muerte del amor. “El amor ha muerto”:

La monotonía lo mató,
los códigos cerrados lo mataron,
la propiedad privada con su invento.
¡No! Fue el argumento quién lo mató…

Pero, lo que el mundo hermético de nuestra realidad inmediata clausura y asfixia, la vitalidad de la poesía reivindica y reinstala en el alma de la poeta. Por este aliento de vida poético, la escritora, como un Ave Fénix, toma las cenizas del amor quemado en sus dedos y, con ellos humedecidos de pasiones añejas, escribe en “Más allá de la palabra amor”:

Te amo con locura, te amo ciegamente, te amo vorazmente,
te amo sin tiempo, te amo sin medidas…te amo sin lógica,
te amo sin raciocinio, te amo endemoniadamente,
te amo porque te amo,
te amo porque existes,
y si no existieras también te amaría…

El poema restituye al amor como el vínculo perfecto, lo que la lógica y el raciocinio habían truncado, el amor lo dota de ilimitada libertad. Una libertad en la que aun cuando el objeto del amor estuviera ausente, el amor seguiría operando desde su vitalidad inmanente: amar por el amor de amar.

Esta es la razón, pura y simple, del porqué en “A Simone de Beauvoir”, la poeta nos confiesa abiertamente y sin tapujos, que ha roto la promesa hecha a quién ha sido su modelo a seguir:

Tú y Jean Paul mis mentores en las relaciones de amor…
[…]
Dos divorcios, tres hijos, la pequeña llevan tu nombre
Y un posible tercer me casaré…
Del feminismo de aquellos días… y del existencialismo francés,
sólo queda una pregunta: ¿ser o no ser?

La respuesta a la pregunta del ser que dejaba el vacío del existencialismo francés y el feminismo de Simone de Beauvoir en la vida de la comunicadora revolucionaria y la mujer de negocios, encuentra su respuesta en el mundo de la realidad literaria cuando la mujer pragmática encuentra su ser poético en las páginas en las que hace un homenaje a Jaime Sabines:

Me dejaste sin palabras,
todas las saboreaste, engulliste,
te las alimentaste.
Como Dios te apropiaste de las palabras, de las imágenes,
De las metáforas
¿Las palabras? Te las fumaste…
[…]
El amor te lo bebiste estrofa tras estrofa…

Es que, con el amor de Sabines, la fémena comenzó a darse su propio ser, y no el de nadie más. Lourdes comenzó a curarse del mal de amor existencial con las palabras de Sabines. Estas, a las que el homenaje alude, y que de seguro la poeta leyó pensando en Simone de Beauvoir:

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Cuando la realidad circundante comienza a hacernos la vida una pesadilla, el mundo onírico y lo mágico-religioso hacen de nuestra realidad un sueño. Así, en Pesadilla diurna (2015), la esperanza onírica hace que personajes como Grace en el cuento “Amores que matan” y Clairet en “La fiesta de quince años”, jovencitas ellas, de unos 13 años, que terminan con un fin trágico, encuentren justicia poética en “El sueño”. Un cuento, este último, muy cortaciano en el que la mujer se desdobla entre el sueño y la vigilia para hacer las veces de una fémena híbrida entre el ser de carne y hueso y una presencia celestial de ángel de la guarda. Mientras que con Grace y Clairet, el lector queda con el sabor amargo de amores y deseos magnánimos que terminan en una lastimosa tragedia, con el nacimiento Ovee (la niña que gritó mamá al nacer) todo parece resurgir desde la esperanza. Por la bienaventuranza del ángel de la guarda, la mujer (que en su nombre genérico es toda mujer, es decir, la fémena) concibe y da a luz a la niña prodigio que va a catalizar el proceso de la trama trágica de las anteriores, para llegar a un momento efemérico en el que la fémina deja de ser tragedia humana para convertirse en esperanza divina. Y esto, como en una continuidad cuentística, traería a cumplimiento la promesa que Marianne verá realizada en “La promesa”, cuento con el que termina el libro.

Así, de la tragedia a la esperanza y de ahí a la promesa cumplida, vemos forjarse letra a letra la mujer fémena de Batista, y en su, hasta ahora último poemario, La mujer desnuda (2016), vemos ya a Lourdes reafirmando el camino de esa mujer transformada. Una mujer que camina plácida entre las palomas y la locura masculina, entre falos dorados y mujeres amigas. Como en el poema de José Martí, donde los versos son un ciervo herido que buscan en el monte amparo, así, la fémena de Batista es “esa mujer desnuda que busca su alma/ pero no la encuentra”. No la encuentra porque la buscaba en un feminismo rancio y reaccionario que no la representa. Por suerte encontró a la literatura, por gracia divina tenemos todos literatura, en la que, entre muchas otras felicidades, nos encontramos con la fémena de Batista.

¡Gracias!


Biografía de José L. Peralta

José Luís Peralta

Ensayista y esporádicamente narrador.  Nació en Navarrete, Santiago. Estudió educación mención Filosofía y Letras en la UASD,  donde también fue profesor adjunto en las cátedras de análisis de literatura y letras. Cursó una maestría en Literatura y cultura hispanoamericanas en City College of New York, dónde  actualmente enseña como profesor adjunto. Está haciendo un Ph.D en Literatura y Cultura Hispanoamericanas  y Caribeñas con una concentración en la República Dominicana, en el Graduate Center. Actualmente se encuentra escribiendo su tesis de grado doctoral.

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