La Mujer desnuda: El poema desnudo

Por  Odalís G. Pérez


El poema desnudo tiene su origen en la palabra desnuda y en el cuerpo verbal desnudo, acentuado en el lirismo que dialoga con el “otro”, esto es, el cuerpo en el lugar de la diferencia. En el ámbito poético hispánico lo desnudo del poema habla a través de un lenguaje surgente del intercontacto que produce la alteridad y el locus erosionado por la tensión eros-agapé en la poesía contemporánea.



Los entes vivenciales se movilizan como formas desde los contenidos de un mundo exacerbado por rumores, temblores y fuerzas diferenciadas del imaginario poético intuido, constituido o leído en los bordes, espesores, impulsos y viaductos de la poeticidad.
De ahí que este libro de Lourdes Batista, La mujer desnuda, se coloque en las cardinales de la transgresión, del “atreverse” en la travesía de un lirismo que asume el cuerpo, al otro y lo otro de la representación sensible, armada y desarmada al mismo tiempo. Fórmulas, escenarios geopoéticos visibles y legibles en el trayecto orbital de la significancia, se dejan leer en el espacio poético del libro.

¿Cuál es el escenario de este poema-libro de Lourdes Batista? En su línea verbal expresiva, la evolución del eros se construye como rutario de una búsqueda donde el cuerpo “habla” sus instantes, necesidades y posibilidades utópicas convertidas en visión, presencia y huella; derrame y pasión que se vincula al pacto con el otro sin ninguna frontera ni permiso de existencia o vida de un tiempo perdido y recobrado. La mujer desnuda es una imago transformante, activa en la cardinal de una urdimbre que se hace y se deshace en el espacio de la representación de lo visible y lo sensible, sobre todo cuando la voz clama, devora y se devora en la palabra, tal y como se hace visible en este libro de la poeta Lourdes Batista.
En efecto, tanto los elementos de superficie (giros poéticos, disjecta membra, lexías poéticas, núcleos temáticos y formas liminales), así como los elementos de profundidad activados mediante la sustancia de la expresión y la sustancia del contenido, producen en conexión el escenario donde adquiere valor el poemario justificado en su apertura significante.

El vertimiento que se deja leer como figura de un eros desbordado y desbordante, insinúa un trayecto donde piel y pulso, nombre y pro-nombre construyen el argumentum del libro, de suerte que los estados del pronunciamiento verbal se perfilan como cadenas poético-significantes y piezas de un cuerpo-signo cardinal y sensible (ojos de un ciego, serpiente de coral, luna verde, sueños subyugados, caracolas y movimientos, presentimiento del abismo, muerte noctámbula de un tiempo, saxofón carnavalesco, tumba de los perros, puertas invisibles, la ofrenda y la caída, pasión naufragada…), que sin embargo persigue la otredad que traduce piel y cuerpo en su sentencia y levedad.


La misma metáfora cuasi-icónica que traduce los ejes del libro, invita a la presencia y apertura de una página que habla su silencio, pero no esconde el tacto que aprisiona las puertas del sentido poético, marcado, sobre todo, por un sueño desde el cual los símbolos (primavera, amor, ceguera, muerte, ángel, luna, casa, cuerpo, mar, viaje, pérdida, claridad, ofrenda, cifra, mesa, veneno, magia, temblor, fuego, rosa, lluvia, duendes), conforman el nivel de autopoiesis del poema.
La tradición expresiva en la que se apoya Lourdes Batista, dialoga con otros espacios donde el lirismo  no se exhibe de manera artificiosa, sino más bien, en los ejes posibles y reales del texto poético.

El hecho de que en el caso analizado el poema, lo poético y la convicción juegan un papel predominante en la vida de las formas imaginarias y reales, implica un movimiento progresivo hacia el objeto-lenguaje del poema.
No se trata en el caso de La mujer desnuda de presentar una materialidad verbal expresiva stricto sensu, sino de acentuar y descubrir en el significante-cuerpo el significado-forma de la boca, la palabra, la piel y el tiempo del adentro.
Lo que la voz poética sobredetermina en este poemario es la propia condición lírica femenina, existencial y delirante, pues la sustancia-forma y las relaciones cuerpo-eros, cuerpo-tiempo, cuerpo-sujeto, cuerpo-grito, cuerpo-agua y cuerpo-sentido, cobran su valor en la desnudez significante del poema.  Esta visión se pronuncia en la textura misma del deseo, en el cauce lírico tematizado por la boca-mundo y la lengua-grito en cuyo sostén advertimos el goce-alteridad presente a todo lo largo del poemario.
La poesía dominicana de los “novísimos” es una poesía que hemos calificado como “poesía del ahora” y cuyo pronunciamiento textual no ha sido estudiado ni contextualizado como práctica por la crítica ni el ensayismo llamado regular de la República Dominicana.  De ahí que una extensa producción poética surgente entre finales del siglo XX y lo que va de siglo XXI, no ha logrado el espacio necesario de legibilidad y presencia en la historia cultural y literaria del país, debido al fenómeno de a-topía y a-cronía de las selecciones poéticas que revelan las mismas en el orden de las publicaciones o proyectos antológicos que proliferan desde un arqueado de subjetividad excluyente y desmovilizador que sistemáticamente se practica en el país y en gran parte del mundo literario de nuestros días.

De ahí que ciertas poéticas irreverentes, anarquistas, homoeróticas, políticas, contestatarias, contramoralistas, denegadoras, utópicas, iconoclastas y antiautoritarias sean “separadas” e invisibilizadas por la mano y el ojo de una “autoridad” que prolifera mucho en los marcos estatales y en la “exclusividad” de cierta mirada “selecta” y  selectiva observable en la mayoría de las antologías que como proyecto se publican dentro y fuera del país y en todo el ámbito hispánico.
Es por eso que la mejor poesía dominicana de los últimos veinte años no se ha podido conocer en su verdadera expresión desde el espacio de una doxa crítica seria, ni de un perfil presentificador del ensayismo literario y cultural postliberal y crítico.
En efecto, incursiones poéticas como las de Claribel Díaz, Kianny Antigua, Yvelisse Fanith, Karina Rieke, Rosa Silverio, Natacha Batlle, Norma Feliz, Lourdes Batista y muchas más, no se contextualicen como poéticas de ruptura ni textualidades atrevidas o irreverentes que hoy estallan como simientes babélicas en el horizonte dominicano, transhistórico y transcultural.
Es en este contexto donde nacen textos como el que presentamos hoy y que pronuncian un camino lírico instalado en la apertura poético-libertaria del cuerpo femenino y de la otredad infinita del cuerpo masculino, siendo ambos cuerpos la verdadera ruptura del mundo imaginario de la especie-sociedad.

En el caso de la poeta que nos ocupa, se hace visible una alteridad poética creciente en un cauce de presencia lírica particularizada en el cuerpo-relato de las actuales poéticas transgresivas que se abren a un diálogo ontológico y postontológico, marcado principalmente por contraórdenes de producción textual y subjetividad sentiente. Es importante destacar que este poemario de Lourdes Batista, titulado con decisión lírica La mujer desnuda, se inscribe en el marco de una poética contemporánea de la desnudez, esto es, del des-velamiento, la apertura fenoménica y significante del cuerpo-huella, el cuerpo-presencia y el cuerpo-deseo.
La experiencia poética legible y sensible en La mujer desnuda se reconoce en una instancia lírica “deseante”, propiciada por una avidez del otro presente-ausente, poetizado por una mirada del adentro y del afuera del deseo.  Esta cosmovisión autoficcional conmueve la propia travesía, el propio pacto poético situado en el mundo lírico de la autora.
De ahí que el derrame de la mujer-agua, la mujer-pérdida, la mujer-Safo, la mujer-locura, la mujer-tiempo y la mujer-boca se precipite en un espacio imaginario donde la ontología lírica del poema cobra su fuerza avasallante desde la desnudez y la presencia.

Odalís G. Pérez

Odalís G. Pérez

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *